El Pan de la Discordia
Viernes Quince de febrero, nueve y treinta, Diez cero uno.
“Nunca te enamores de tus hipótesis”
Henry Poincaré
Recorderis: a pesar de lo maleables y perezosos que suelen ser, los pupitros también gozan de malos días. Mientras me acomodaba en el puesto del profesor y sacaba el cuaderno de notas fui notando como la tristeza piloteaba poco a poco sobre el rostro de la chica del frente a medida que vaciaba su cartuchera. Mi impotencia se delató fácilmente con las inútiles preguntas de turno: ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?, Como si en cuestión de dos minutos pudiera ganar de ella una confianza de años suficiente como para que me confesara su congoja. Escondió su cara ya enrojecida y lagrimosa contra el pupitre entregándose al consuelo de su compañera de puesto.
El tema de hoy: un ladrillo azul llamado Magnitudes Fundamentales y Unidades de Medición. El profe tiene prohibidas las calculadoras en el salón, y su festín aritmético comienza cuando pasa a García al tablero para resolver una división entre decimales. ¡Se nos olvido dividir! Exclama el profe y a continuacion les cita un producto de potencias… nada. “profesor, acuérdeme de hacerles quiz de división la próxima clase” me encomienda, y anoto el asunto tras valerme de varias mañas para resolver la división que había colocado. Yo también lo había olvidado. El profe siembra en el tablero una tabla de equivalencias para unidades de longitud, masa y tiempo, mientras los chinos se desconectan fácilmente. Me resulto interesante que en la tabla de equivalencias consigno la magnitud “cantidad de sustancia”, asignándole una misma unidad y equivalencia, el mol. Podría retomar eso posteriormente para discutirlo con los pupitros. Les pidió convertir 746 Mm a mm y convertir la edad de cada uno a segundos, pero la duda se pintó en la muecas de la mayoría, hasta que el profe le incauta a Karen, tercera fila último puesto mamadera de gallo mechón rojo largo, una hojita con la tarea de otra materia que después, con el habitual tonito de “ay profe, por favor” suplicó para que se la devolviera.
Sin embargo, el evento central y moraleja de la clase aun no había arribado. El profe ideo un problema de conversión de unidades con un recurso del que yo también habría hecho uso: unidades poco convencionales. “a ver, ¿quién es el más gordito de la clase?- preguntó, -uy, Rugeles, profe, Rugeles” responden varios pupitros en coro. El profe le pregunta su masa corporal, 62 kilos, y también la masa de un pan de doscientos pesos, 150 gramos aproximadamente, para formular el problema: entonces, ¿cuánto seria, en panes de doscientos pesos, la masa corporal de Sergio? Supuse que la cuestión sería interesante y los pupitros se animarían a participar, pero el tiro salió por la culata, mas bien por el marcador, porque para lo único que sirvió el enunciado fue para caldear el ánimo parlante de los pupitros cerca de Sergio quienes se dedicaron a montársela. “Si, venga me lo como Sergio”, escuché, “la chunchulla Rugeles” proclamo otro bobalicón mientras los demás, como loros uniformados de vino tinto, se desenchufaron totalmente de la clase. El bullaje y la mofa fueron en aumento hasta agotar la paciencia del profe quien tuvo que acudir al conocido alarido represor como escape de emergencia: ¡¡BUENO, SE CALLARON!! Como saldo, la mitad de la clase se gastó en balde para aplacarlos y el ego de Sergio se hizo trizas tapándose el rostro para ocultar las lágrimas mientras el profe le pedía disculpas públicamente. “no pese que lo fueran a tomar así mientras que la mojigata lastima de las pupitras copaba el aire: ay sí, no lo molesten mas”. En territorio pupitro no se puede dar absolutamente nada por sentado. No hay nada que me garantice que ellos se interesaran por la materia si abordamos aplicaciones de la química en la vida cotidiana o les contamos anécdotas y aspectos personales de los científicos o proyectamos películas y modelos moleculares interactivos, y en este casi una jugada que yo habría movido casi sin pensar no fue la excepción. Nada está decidido. Suena el timbre. Salimos un momento del colegio a la tienda del frente. -¿Usted fuma, Franklin?- -no, ya no aprendí, creo-. Aquel cigarrillo que el profe devoró en instantes parecía oficializar la batalla pérdida en aquella clase, pero al mismo tiempo me mostraba una humanidad que indirectamente rompió el hielo con el profe de un solo martillazo: -toca cogerlo solo para poder hablar con él tranquilamente- dijo .